Pasar de pantalla
N unca me han llamado la atención los videojuegos. De pequeña en casa de mis padres, nunca tuvimos ninguna consola. En nuestra época existían las salas de máquinas donde los más guais se reunían y donde a mí me daba una vergüenza terrible entrar. Que recuerde lo hice dos veces: una en la de mi pueblo a comprar chuches, y otra vez en el pueblo de al lado donde jugaron mis amigas a matar marcianos o algo así. En esa ocasión, tampoco me atreví a probar porque no me veía capaz de superar ninguna de esas pruebas, y el simple hecho de que todos se pusieran alrededor de aquel maquinote a mirar como jugabas, ya se me disparaba la tensión y aniquilaba mi nula habilidad. Nunca me he crecido ante la presión de las miradas y claramente eso no era para mí. Así que, exceptuando el tetris, nunca he jugado a ningún videojuego. Pero a Toni le encantan, y un día me puso un mando en las manos para jugar juntos. A mí, sigue sin llamarme la atención ni lo más mínimo, pero admito que...





