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24 días de vacaciones

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Dicen que son necesarios 21 días para adquirir un hábito. Con razón entonces. Llevo 24 días sin ponerme tejanos ni pantalones largos ni utilizar secador de pelo, una maravilla. Sin madrugar ni mantener horarios, sin saber qué hora es. Realmente, es fantástica la sensación de libertad en estas condiciones y cuesta deshacerse de esas placenteras sensaciones de un día para otro.
Pero aunque para ese hábito no se necesiten tantos días, ya se han acabado las vacaciones. Vuelta a la rutina, fin a las vacaciones de verano por este año.
Hay viajes que están gafados desde el primer momento aunque una no lo quiera ver. Y mira que un buen día (más bien una buena noche sobre las 2 de la madrugada) me desvelé y tuve la corazonada en ese momento, que no era buena idea ir a Cádiz, que me había equivocado. A la mañana siguiente, así se lo dije a Toni y no pareció tener sentido: perder el dinero de la reserva, cambiar de planes…..¿ahora?.....ya……bueno pues nada…seguimos con los planes que teníamos. Aho…

Doña Repipi y la tierra del patio

Plego de vacaciones, hoy es mi último día hasta el 29 de agosto si Dios quiere. Y para despedirme, ahora que había vuelto a pillarle el gusto, voy a contar lo que le pasó a mi madre el otro día.
De pequeña fui una niña muy “mala”. Defino mala como niña traviesa, inquieta, muy propensa al gamberrismo digamos. Puedo decir en mi defensa que tenía dos hermanos mayores que tampoco eran trigo limpio, pero lo cierto es que mis hermanos nunca fueron tan gamberros como yo.
Ninguno fuimos a la guardería, y en mi primer curso de cole, había una niña llamada M. con la que me gustaba jugar. Resultó tener una madre muy repipi, que un buen día, al poco de empezar el colegio, le dijo a la mía:
-No quiero que tu hija juegue con la mía.- así tal cual. -¿Y eso por qué? – mi madre -Porque tu niña es muy mala y le echa tierra en la cabeza – sentenció ella.
Buuuuueeenooooo, pues mi madre al final me lo prohibió de verdad por no oírla. No tengo recuerdos claros, pero mientras me lo explicaba era como si se ence…

Rose

Ayer una walkinadora nos enseñó su moto, su primera moto. Se le ha roto el coche y como trabaja en una peluquería del centro, ha decidido que lo que realmente necesita es una moto. Y allí estaba, contentísima.
-Ya he ido a la pelu y he vuelto. Iba muy nerviosa pero bien – contaba. -¿Nunca has llevado moto? – Le pregunté. -De joven, pero muy poco. Se puede decir que casi no…. – me contestó.
Yo nunca de los nuncas he conducido una moto. Nunca. Ya habré contado que me ostié de pequeña con la bicicleta haciendo el ridículo más espantoso, y jamás volví a atreverme a subir a ella. Soy una cagada de la vida. Me doy cuenta, que soy muy ridícula. ¿Quién no se ha pegado una buena nata de pequeña con la bici? Todo crio que se aprecie ha tenido sus caídas…y sí, me caí bien, pero tampoco es normal que nunca más me atreviera a volver a subir a nada de dos ruedas.
Es más, cuando me fui a estudiar al instituto, mi padre me dijo que me pagaba la moto. Y no quise. Me iba en autobús como las niñas buenas (…

Trágico final

Cuando te conviertes en madre, son muchísimos cambios los que se suceden en tu vida. Muchos. Todo cambia de perspectiva, cambia de color, tus prioridades, tus hábitos, tu tiempo, tu ocio, tu sueño, tus costumbres, tus pensamientos….son innumerables y cada cual los vive de distinta manera. No se pueden describir. No te los imaginas por más te cuenten, leas u observes a otras madres desde la distancia tan lejana que hay entre la que no lo es. Ese mundo que separa a ambas personas, no es porque sean mejores o peores las unas que las otras, no. Ese abismo no es otro que el enorme amor que sientes por esa personita pequeña que has creado y has dado vida. Por la responsabilidad que tienes y la dedicación que entregas. Por más imagines que la vas amar, que la quieres a más no poder….no te aproximas ni un poquito a lo que en realidad luego es.
Tanto amor, en consecuencia, deriva al gigantesco miedo que tienes a que algo malo les ocurra. Todos los miedos que pudieras tener en tu vida, se esfum…

Despedidas escolares, fiestas de espuma y virus zombis

Vagaa, es lo que soy. Y lo digo con bastante reproche a mí misma. Me he acostumbrado a no escribir nada de nada, a sentir que nada de lo que hago merece ser explicado. No le veo la gracia a mi rutina, a la vida cíclica que llevamos, al poco tiempo que tengo para nada y a las pocas ganas que además le pongo…acomodada a cumplir con mis labores de madre trabajadora que ha de cumplir con su horario laboral y tareas familiares de dos niñas pequeñas que no dan tregua y un marido que trabaja a todas horas. Los ansiados ratitos que tengo libres, cuando por fin las niñas duermen, los acabo dedicando a chafardear Instagram (y el invento ese de las stories?), leerme el inacabable “una amiga estupenda” y ver series en Netflix.
Y me siento mal porque aunque fuera poco, aunque no me lea nadie, aunque no viva grandes aventuras y tenga grandes ideas, me sentía bien haciéndolo. Así que así, sobre la marcha, con mi café delante y mi jefe en el despacho de atrás, voy a escribir un poquito sobre estos últ…

Seis años

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Hoy has querido madrugar, me pediste anoche que te despertara “d’hora per fer els entrepans” i es que has querido levantarte conmigo para preparar “l’esmorzar” que has llevado al cole para celebrar tu cumpleaños con los compañeros de clase. Estabas contenta e ibas haciéndome indicaciones de cómo se tenía que hacer, de cómo lo llevan los demás claro. Esa es la invitación para las agendas. Se que tiene faltas, pero cuando me la enseñó, ya estaba echa y pensé....así se queda. Pronto empezaran con las faltas de ortografía y desde luego, yo veo el encanto en estos errores gramaticales de quien empieza a escribir por primera vez en su vida. Es su invitación tal cual.
La verdad es que no te gusta hacer las cosas diferentes, el tema de la innovación lo tenemos poco desarrollado en según qué situaciones. Y no por falta de imaginación, pero creo que viene por ese lado de no querer llamar la atención nunca. De seguir las maneras que por costumbre se convierte en norma. Eres una niña muy de normas…

Existen sitios...

Por los que pasas mil veces sin darles demasiada importancia. Lugares comunes que no tienen ningún encanto porque no son nada especiales: ni destacados, ni bonitos ni graciosos. Difícilmente alguien puede encontrar en ellos algo que les encante. Pero a veces, la vida te para justo en ese sitio, y te sucede algo que cambiará tu rumbo para siempre. 
Cuántas historias se esconderán detrás de aceras normales, de portales corrientes, de cada rincón de cualquier parque, esos bancos gastados de nuestros pueblos y ciudades….  millones y millones.
En este lugar fue donde sentí lo que tenía que hacer. En ese trozo de hierba y tierra, alejada de todos los edificios, me senté al sol cuando mis pasos no me dejaron avanzar más y decidí que había llegado la el momento de cambiar cosas. Ese fue el espacio elegido para cambiar la vida que tenía hasta ese momento.
Hoy hace 10 años y todavía no se me ha olvidado la fecha ni el lugar. 
Después de tanto tiempo, no recuerdo las bolsas de ropa, no recuerdo la …